Tensa calma
4 y 5 de enero de 2025
4 de enero de 2026. 9:01 a.m.
[Comedor de mi casa. Calle Manuel Corchado, San Juan, Puerto Rico]
Es el cuarto día del 2026, y el tercero escribiendo en este diario. Cerca de culminar el del 2025, no tenía ni idea de que continuaría con el proyecto de relatar mis días. De hecho, en aquel escribí que detestaba llevar un diario. Y no me refería a llevarlo como uno pasea una mascota, sino a eso de conducir el registro de los días desde un lugar inicial a otro distante e insospechado. En aquel, un día como hoy, hace un año, escribí que nunca había tenido uno. Hace un año, además, no me imaginaba con un diario público.
Ayer traté de burlar el ruido de la mañana escribiendo. De pronto fue mucho lo no pedido. Así que intenté concentrarme tecleando, y en el intento no logré sino trazar un plan de escape. Vivo a seis cuadras de la playa. El mar siempre da contestaciones, sobre todo bajo el agua, viendo al cielo desde abajo, escuchando detenidamente cómo la arena del tiempo continúa arrastrándose. Y eso hice. Nadé, me hundí hasta el fondo y luego regresé a la orilla. Allí tiré una foto. Poco después volví a casa, la publiqué junto a lo que escribí, me di un baño y luego fui a trabajar al restaurante. Atendimos 273 personas en 5 horas, la mayoría turistas. En una de las mesas comentaban que debido al cierre del espacio aéreo en el Caribe, casi 43,000 pasajeros quedaron varados en Puerto Rico. En otra, conversaban acerca de la tensa calma y que la vida continúa.
Las noticias respecto a lo ocurrido en Venezuela no pararon. Tampoco las disputas en redes sociales. Alcancé a leer algunas cosas en el break, aunque esquivé videos y fotos de Maduro llegando a Nueva York. Incluso releí lo que escribí en la mañana respecto a la infoxicación, al vivir en una colonia estadounidense remilitarizada para una operación contra Venezuela (y contra la paz en toda la región) y luego descubrí un mensaje respecto a la entrada de diario que publiqué ayer bajo el título Es terrible imaginar lo próximo una mañana así. En ella escribí que, en medio del ruido noticioso, recibí una invitación a una manifestación a realizarse en la tarde en repudio a lo ocurrido, a la cual no podía ir porque debía trabajar y necesitaba el dinero. Me pregunté entonces, aún sabiendo la contestación, si la presencia física es la única forma de respaldo y solidaridad.
“Gracias por compartir(lo)”, decía el mensaje, “por ti fuimos a la protesta; así que en vano no fue (mi compartir la entrada de diario): Un abrazo”.
Al leerlo sentí que se me había respondido la pregunta. Y a la vez caí en cuenta de que ya hay gente leyendo mi diario. Luego me pregunté si un diario en línea, público, en el que la gente pueda comentar, atenta contra de la forma un diario. Pero un diario es un relato de lo acontecido día tras día, una suerte de concatenación, no importa adentro de cuál formato. Su finalidad o su interés es lo que cambia, supuse. El diario íntimo tiende al secreto, a lo privado, a una lectura interior. El diario literario, en cambio, está interesado en la lectura exterior, quizás pública.
La verdad, en este instante, no tengo claro mi finalidad aquí, y eso está bien, y no me quita el sueño atentar contra las formas ni las categorías. Sin embargo sí he pensado, desde hace poco más de un año, cuando inicié con el ejercicio de relatar mis días, en la voluntad de un estilo, en la literariedad, en la autorreferencialidad, en el momento actual, en lo connotativo, lo perecedero, lo portátil, en el pudor, en el deseo y en lo casual, entre otras cosas. Un diario es una realidad personal, pero también es una realidad social y una realidad sensible.
Es suficiente por ahora. Lo escribo así para obligarme a detenerme.
Es el tercer día llevando este diario abierto, y el vértigo propio del riesgo y la aventura que supone, me hace preguntarme, con curiosidad, qué generará, qué provocará, qué tanto puede un diario personal abierto al público. Qué tipo de vinculaciones sociales, de comunicación y relaciones afectivas, o qué disputas, qué caos, qué maneras de exponerme implica.
Pero hoy está soleado afuera otra vez. Y no trabajo. Saldré a pasear. Quiero ver montañas de verdes frondosos bajo nubes.
4 de enero de 2026. 2:53 p.m.
[En tránsito, dentro del Jeep de Juan y Carmelo. Cayey, Puerto Rico]
Acabo de ver un avión cruzar una nube sobre una montaña. Su fulgor me recuerda que Ana Castillo Muñoz escribió ayer “esperando que nos devuelvan el cielo”. Supongo ahora, pues, que lo han reabierto. Es así como la tensa calma se traslada a la mirada.
5 de enero de 2026. 11:34 a.m.
[Comedor de mi casa. Calle Manuel Corchado, San Juan, Puerto Rico]
Me levanté poco antes de las siete, aunque me desvelé de madrugada. Jugué un rato con Lila, mi chihuahua, y luego pisé el día.
Andrés hizo café, así que me serví una taza y me senté a leer. Mi primera lectura del año es un libro de ensayos. Se titula Irremplazables: Cómo sobrevivir a la inteligencia artificial (Elefanta Editorial, 2023), del comunicador mexicano Sebastián Tonda.
Lo leeré, entre otras cosas, porque en quince días iniciará el semestre en la universidad y conduciré un curso titulado Narrativas digitales. Además, lo compré porque, según el autor, responde —a modo de relato personal— a un momento planetario, paradigmático y de inflexión, “en el que las preguntas brotan mientras la geopolítica cambia, los algoritmos persiguen, la tecnología gana terreno sin que podamos alcanzarla, la inteligencia artificial evoluciona, la hiperproducción enloquece, y el poder económico se concentra y desplaza violentamente en escenarios que apenas sospechamos”.
Ahora que lo escribo, sonrío. Quizás debí empezar con algo más liviano, aunque va siendo llevadero.
Al poco rato de leer, me detuve. Andrés se fue a trabajar. Hice desayuno, le di medicamentos a la perra, que anda enfermita estos días, y luego llamé a mi madre. No me respondió otra vez, así que decidí llamarla por WhatsApp.
—Solo quiero saber cómo estás.
—Estoy bien, en casa, cocinando —respondió.
Luego dijo que está teniendo problemas con el celular. Me explicó que, según escuchó en las noticias, “por lo de Venezuela las comunicaciones no están funcionando y hay mucha interferencia”. Hice silencio. Luego lo desmentí y añadí que quizás tocó alguna cosa. Interrumpió para decirme que lo que sucede es que cuando intenta llamarme se abre algo que se llama Gemini, que le pregunta cosas, y cuando quiere apagar el teléfono eso también le dice cosas y ella no quiere contestarle.
—No confío —insistió.
Mientras hablaba con ella le escribí a Andrés, que trabaja vendiendo teléfonos. “Esa es la Inteligencia Artificial de Google, como Siri (en iPhone)”, respondió al instante.
Y eso mismo le dejé saber a mi madre.
—Bienvenida al futuro.
—No me gusta el futuro, pero gracias —fue todo lo que dijo. Justo después me preguntó qué estaba haciendo.
—Escribí un rato y ahora leyendo.
—El día está bonito. Lee después. Mejor vete a la playa.
—Eso haré. Te llamo más tarde.
Ella enganchó primero.
Miré el libro, luego el texto en la pantalla de la computadora y a mi perra observándome. Recordé los ojos de los kentukis de Samantha Schweblin.
Hay granos de arena en el teclado de mi computadora.



Me haces pensar en el diario, y en esa diferenciación que haces sobre el diario íntimo y el diario literario. No sé si lo separaría así, pero me haces pensar en mi práctica de diario y en como se integran dos cosas principales; la escritura para sentir y sobrevivir la experiencia de vida en este mundo, y por el otro lado la manera de dar interpretación y significado a esa experiencia...gracias por hacer este ejercicio público...me das ganas de escribir y de pensar.🌷